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Buenos Aires, castigo y redención

Buenos Aires, castigo y redención

Ya llevo 12 o 13 semanas de entrenamientos, enfocados plenamento en Río. Me siento muy bien, cada vez más fuerte. Eso me pone feliz, porque no quiero defraudar a nadie. Sé que no voy a defraudarlos. A veces, sin embargo, decido mirar para atrás, volver a recorrer el camino… me acuerdo de Buenos Aires, mi condena y mi redención. 

La primera vez que corrí en la Maratón de Buenos Aires, en 2014, me sentí tan arrasado como nunca en mi carrera. Tal es así que para completar la prueba debí caminar unas tres o cuatro veces.

Como siempre hago después de una carrera, sea buena o mala, al día siguiente fui a entrenar. Todo dolorido, sí, triste también, claro, pero pasando página, pensando ya en una revancha de aquello que terminó siendo una pesadilla para mí.

La redención: un pasaje a Río

Un año después, volví a la Maratón de Buenos Aires, intentando dejar atrás aquel pésimo recuerdo. Elegí la capital de mi país por sobre Valencia, en España, a donde iban varios maratonistas argentinos, por un motivo: tenía ahorros que sólo alcanzaban para una de las dos pruebas, Rotterdam o Valencia. Elegí ir a Holanda, previo paso -para ganar experiencia- por Buenos Aires.

Mi meta era bajar las dos horas y 20 minutos, y llegar bien a la Maratón de Rotterdam. Allí sí intentaría mi marca para estar en Río. Sin embargo, pensar que Buenos Aires no me entregaría la clasificación, me dispuso de la mejor manera, me relajó. Cuando llegué al kilómetro 38, vi que estaba dentro del tiempo para lograr la marca. Entré en estado de shock. En el 40 quería llorar y los recuerdos de toda una vida se me venían a la cabeza. Estaba logrando la marca en mi país, con la presencia de mis padres, mis hermanos, mi novia, mis amigos y mis sponsors. Al otro día, fui a entrenar, como había hecho un año antes, después de una pésima carrera. 

Esta vez, estaba feliz. Sin embargo, mi clasificación no estaba sellada. Los nervios fueron muchos al seguir las performances de otros argentinos que intentaban entrar al equipo, ganar sus pases a Río, mejorar el tiempo que yo había hecho. Por suerte, y después que gasté todas mis uñas mordiéndolas de ansiedad, terminé como el mejor clasificado de mi país. Con el equipo masculino cerrado (junto a Mariano Mastromarino y Federico Bruno), ahí sí pude festejar. Mi cabeza, sin pedir permiso, voló inmediatamente a Río, dio un paseo por allí y volvió a su lugar.

La vida antes de un maratón

Estoy ajustando los últimos detalles de cara a la cita. El único problema que tengo son los dulces, pero ya los estoy abandonando (al menos, hasta después de la maratón). Me estoy yendo a Paipa, Colombia, en la altura -y bien lejos de los dulces. Allí continuaré mi preparación.

Pero ahora estoy tomando ciertos recaudos, desde la comida hasta el abrigo. No me quiero enfermar, ni siquiera estornudar. La carrera que tengo enfrente, en Río, es la que siempre esperé. Preciso estar al 100%.

Mi vida sigue normal, pero estoy tratando de dormir un poco más. Hoy ya no hay detalles librados al azar. Pienso cada noche en lo que viene: me gustaría conocer a Usain Bolt, a Mo Farah. Pero no sólo esos. En otros deportes, me gustaría sacarme una foto con Federer, Djokovic, Neymar. Hay muchos astros, lo mejor del mundo está ahí. El 10 de agosto ya estaré en la villa y tendré 10 días para disfrutar antes de correr, el 21. Además, participaremos de la fiesta de clausura, donde aprovecharemos para conocer a todos los astros. Antes, no sabemos si podremos pasear o qué. Lo único seguro es que seguiremos entrenando. 

Los textos, informaciones y opiniones publicados en este espacio son de total responsabilidade del autor. Por ende, no corresponden, necessariamente, al punto de vista de Activo.news

Sobre el autor

Luis Molina

Luis Molina lo soñó y, 14 años después, lo cumplió. Estar en la maratón de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro siempre fue su misión. Ahora sabrás lo que siente, cómo entrena y... VEA MÁS

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