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Volver a las fuentes

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Tarde o temprano a todos nos llega, aunque los nuevos corredores todavía no lo sepan

La casi totalidad de los practicantes de nuestro deporte no tiene más de cinco años haciéndolo y en muchos aspectos es una población principiante. La motivación es tan necesaria como el toque divino que anima aquello que estaba quieto.

Quienes han abrazado este deporte con la determinación de transformarse en mejores versiones de sí mismos, sabrán de las incontables ocasiones en que la dureza del entrenamiento despierta la duda acerca del sentido de tanto trabajo. Sólo una fuerte motivación nos justifica y nos sostiene: es nuestro aliento interno.

El corredor novel no suele tener un problema con eso. Se motiva siempre, en la novedad de la práctica, el aprendizaje, la fascinación de la competencia, su colorido, la energía de las multitudes, el encuentro social con los otros corredores. Un mundo enteramente nuevo que abrazamos con entusiasmo para dejarnos llevar a una nueva vida. En casos más radicales, a un nuevo ser.

Cuando olvido, por las razones que sea, esa conexión profunda que tengo con el acto de correr, suelo ensayar este ejercicio: me retiro a un lugar tranquilo y me tomo unos minutos sin perturbación; cierro los ojos y me calmo. Vuelvo a mí. En ese estado esencial regreso a algún episodio notable de mi vida como corredor y lo evoco. Lo traigo desde el fondo de mi memoria con toda la riqueza visual, auditiva, táctil, olfativa como me sea posible, con todos los sentidos asociados a ese momento, y me sumerjo en los segundos o minutos de la experiencia original. Me dejo llevar por todo el placer que me brinda aquel instante.

En una larga vida como corredor destaca un recuerdo. Estoy corriendo por la playa apenas amaneciendo. El sol aparece por mi izquierda levantándose desde las aguas. Avanzo ágil, casi ingrávido sobre la arena firme de una playa lisa. El viento me envuelve con una brisa imperceptible. La madrugada es fresca pero no fría, ideal para correr. Llevo varios kilómetros y me encuentro alejado de la ciudad marítima, solo hay mar a mi izquierda y médanos a mi derecha. De repente, uno de esos médanos se me hace extraño. Es de un color oscuro que no puedo descifrar. Me acerco y desvelo este pequeño misterio: un enorme cónclave de gaviotas cubre la totalidad del médano. Son millares y aunque no tengo ni la menor idea del porqué de este comportamiento, me siento un testigo privilegiado de este momento íntimo de la naturaleza. La fascinación me inunda y me carga con una energía de vida que es, simplemente, tan insondable como cierta. Y me retiro respetuoso.

El correr y el descubrir quedaron en mí fundidos como fenómeno y consecuencia. Rememorar el vínculo irrompible entre correr y ser felices, para ser mejores corredores, pero sobre todo, personas más felices.

Los textos, informaciones y opiniones publicados en este espacio son de total responsabilidade del autor. Por ende, no corresponden, necessariamente, al punto de vista de Activo.news

Sobre el autor

Alberto Cabaleiro

Entrenador del AC Training Running Team... VEA MÁS

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