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Correr te transforma en vos

Correr te transforma en vos

Cuando corrés sos un animalito. Sos más VOS que nunca. Sos un niño que quiere ganar. Sos capaz de las mayores ternuras y de las peores bajezas. ¡Pero ese sos vos!

No importa la edad que tengas, ni que seas madre o abuelo, cuando nos exponemos a grandes exigencias desnudamos la verdadera esencia de nuestro ser. Yo siempre digo que uno corre como es. Es como en el juego: si querés conocer a un tipo verdaderamente, miralo jugar al futbol. Mientras corremos, en los momentos de máximo esfuerzo, nos despojamos de los disfraces. No podríamos tenerlos puestos aunque quisiéramos. Ahí no se caretea.

Ni hablar de los modales: correr avala lo que sea. Las mujeres podemos escupir y soplarnos los mocos mientras corremos como si fuéramos un futbolista de primera división. Hasta capaz te posiciona mejor si escupís bien.  Paréntesis aparte, el tema de la escupida durante la corrida es un arte reconocido y codiciado. Se han escrito libros incluso: “¿Cómo escupir sin escupirte encima?”… ¡Nah, mentira! Pero correr es como el partido de fútbol: todo se diluye cuando se acaba el match.

Ya he escrito acerca de lo que pasa en nuestra cabeza mientras corremos. Nuestra cabeza va a mil, hacia lugares ridículos y en situaciones de mucha exigencia y estrés  tenemos un incesante desfile de pensamientos horrendos, lo cual es lógico si pensamos que, en carrera, atravesamos por sensaciones físicas realmente desagradables.

Si yo tuviera que decir cuánto influyó en mí correr tendría que confesar algo muy polémico y audaz, pero honestamente brutal. Porque cuando pienso en cuánto me modificó haber empezado a correr invariablemente lo comparo con la maternidad.

Yo he pasado, dentro de mi mente, siguiendo siempre mi ridículo hilo de mis pensamientos imposiblemente hilvanados, de  la euforia a la depresión. He pasado de odiar el mundo a recordar en medio de un llanto a mi viejo y de ahí a un nirvana de felicidad… para detestar el estúpido que respira fuerte al lado mío en el kilómetro 12. Todo en cuestión de segundos. En las carreras largas lloro siempre. Y es lógico, el sistema nervioso central está desbordado (¡y yo ni te digo!). Hasta el más macho te llora en un maratón. El que diga que no miente…o tendría que pensar seriamente en retomar terapia.

 

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Correr te lleva a un estado infantil a veces en todo sentido. Por ejemplo, cuando salís en grupo en una carrera con un plan y un tiempo ideal: “Vamos a arrancar a 4.50 el km” y ves que uno del grupo va más rápido, lo odias como si fuera un traidor. Uno es capaz de enojarse como un niño con berrinche por cualquier estupidez, algunos hasta son capaces de empujar a otro corredor que no los deja pasar; podés odiar al que te viene haciendo el aguante hace dos horas en bici y ni que hablar de las veces que unos cuantos habrán pensado la manera de “acortar” camino sin ser descalificado en un 21K. Yo  conozco un par que se han tomado un taxi a los 30Km de un maratón.

En estados de exigencia extrema sos VOS, tu VOS más primitivo. Ese que ni vos querés conocer. Ese que le escondés a tu novia al principia y el que tratás de disimularle a tu psicólogo.

Si yo tuviera que decir cuánto influyó en mí correr tendría que confesar algo muy polémico y audaz, pero honestamente brutal. Porque cuando pienso en cuánto me modificó haber empezado a correr invariablemente lo comparo con la maternidad.

En situaciones muy extremas podés redescubrirte y ver “esas cosas de las que somos capaces”. Y esas cosas nos van a parar de una manera totalmente distinta frente al mundo. Las carreras largas, las de aventura o las de montaña verdaderamente me elevan la auto estima. No solo a mí, sino a centenas de miles en todo el mundo. No es casualidad que cada vez los corredores quieran correr más kilómetros y que los cupos para medios maratones y maratones se agoten en pocos días.  Cuando hice mi mayor esfuerzo como corredora, en la montaña, estando en la cima del Cerro Dormilón, ahí donde estás tan alto que ves el mundo redondo,  pensé: “Si yo soy capaz de hacer esto a mí no me paran más”. Y cada vez que tengo un problema trato de conectarme con esa sensación de poder, de capacidad, de que “si me propongo algo lo voy a lograr”.

Cuando parí a mi primer hijo, algunos años antes, sentí lo mismo. Sentí que por primera vez me conectaba con mi poder interior. Había traído un ser a este mundo. Había parido. Me sentía la Pacha Mama. Me sentía conectada con la divinidad. Siempre dije que después de parir a mi primer hijo me parí a mí…. Y, salvando las distancias, si lo piensan tiene mucho que ver una cosa con la otra. Tanto en el caso del parto, la conexión absoluta con la naturaleza (en la montaña), o el de un desgaste extremo (que puede ser correr cuatro horas o parir tras horas de contracciones) te transformas en ESA CRIATURA PRIMITIVA QUE SOS. Ahí sos ese bebito, ahí te volvés a parir, es ahí donde verdaderamente podés reencausar tu poder.

En situaciones muy extremas podés redescubrirte y ver “esas cosas de las que somos capaces”. Y esas cosas nos van a parar de una manera totalmente distinta frente al mundo. Por eso no es casualidad que yo, acá en mi web, tenga un blog de maternidad y un blog de running. Son esos dos lugares, esos dos pilares los que me sostienen. Son “mis dos piernas”. Esas sobre las que yo me paro y me presento. YO SOY ESTO. YO HAGO ESTO Y ESTO ME HACE BIEN. Por eso, explicado todo esto puedo decir: “Correr te transforma en vos”

 

 

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Sobre el autor

Carla Czudnowsky

Carla Czudnowsky es periodista y conductora. Trabajó en radio y tv. Condujo y participó de los ciclos televisivos Zoo, Kaos en la Ciudad, Argentinos por su Nombre, entre varios otros. Actu... VEA MÁS

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