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A ese amigo que corrió hasta el cielo

A ese amigo que corrió hasta el cielo

Escuchá: yo te dejaba ser. Entonces: tenías que dejarme ser. Si quería ir más rápido que vos, no me tenías que decir nada. Te llamabas a silencio. Era tan simple. No quería tus consejos. Quería correr. Me gustaba ganarte. Y a vos más que a nadie. Estaba cansado de que te guardes algo. Era frustrante que en los últimos metros acelerés y nos dejés atrás. A mí. A los pibes. También a las chicas. A los hombres te nos reías en la cara. A las chicas te le reías por la espalda para buscar cómplices miradas. A veces, te volvías insoportable. Encima siempre con esa remera roja, que tenía el ADN y la impronta de tu sudor.

A tu ritmo había que correr. Cuando estabas enérgico, eras de temer. Cansado, también eras de temer. No podíamos ni acercarnos a tu sombra. Esos entrenamientos previos a cada 42k eran agotadores. Ni hablar, como casi siempre me tocó, cruzar la meta detrás tuyo. Nunca una felicitación, siempre tenías esa alegría desmedida que te daba el terminar delante de casi todos. Algunos te ganaban. Creo que no fue mi caso. Una vez tuve todo para ganarte y no lo hice. Por respeto. Andá a saber. Fue en Ezeiza, en un campo, lleno de yuyales, no sabíamos donde nos estábamos metiendo. El sol y la humedad se imponían con presencia. Eran 5k corriendo, 30k en bicicleta y terminaban con otros 5k. Pinchaste las dos gomas y nos hiciste frenar. Te esperamos, te bancamos, te dimos agua, te alentamos y nos volviste a dejar a los pocos metros.

Antes de cada carrera, estimulabas a cuanta persona se te cruzaba. Estabas en lo detalles propios, pero mucho más en los ajenos. Eso te hacía único. Defendías la alegría corriendo siempre con una sonrisa. En el Cruce de Los Andes, en 2015, fue tu plenitud física. La primera etapa lideraste, llevaste el ritmo a tu antojo. Esos 27 kilómetros ni siquiera te pude ver la espalda. En ese silencio que gobernaba la montaña, ni tus gritos escuché.Eso sí, te cuento un secreto. A los pibes que te siguieron, los mataste. Los hiciste ir más rápido. No invento nada. Ellos me lo contaron. Por eso la segunda etapa te costó todo. Hasta desayunar te dolió. Ni fuerza para masticar tenías. Justo a vos, que te gustaba tanto alimentarte. Los 45 kilómetros de ese día los padeciste. A falta de seis kilómetros, no podíamos pasarte. Lo intentamos y nos puteaste. A algunos nos hiciste llorar. Pero te queríamos así. Vos sabías mejor que nadie que tu físico empezaba a acusar recibo de tantas palizas. Por eso, en la tercera etapa, de 33 kilómetros, te quedaste bien atrás. A qué negarlo, verte detrás de mí fue hermoso.

Dicen que al despertarnos, el día tiene un montón de secretos esperándonos. Amanecí con la noticia de que habías corrido tan rápido que subiste hasta el cielo, casi sin darte cuenta. El 13 de febrero, para ser exactos, y a las 8.30, para ser aún más puntual, la vida nos pegó fuerte y al medio. A todo el equipo nos tocó morir un poco. A Maguie, a Romi, a Marian, a Vale, a Faby, a Lore, a Hernán, a Charly, a Javo, a Diego y a quien escribe estas líneas.

Así era esa vida bien corrida por Gabriel Lodeiro.

El que tenía derecho a todo. Menos a irse. 

 

Lodeiro, Marini y amigos, en El Cruce (Archivo personal: Marcos Marini)
Lodeiro, Marini y amigos, en El Cruce (Archivo personal: Marcos Marini)

 

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Los textos, informaciones y opiniones publicados en este espacio son de total responsabilidade del autor. Por ende, no corresponden, necessariamente, al punto de vista de Activo.news

Sobre el autor

Marcos Marini

Definido como un hombre de múltiples pasiones: periodista, profesor de educación física, guardavidas, amante de los desafíos y de la vida en la naturaleza. De vida activa, dinámico y al... VEA MÁS

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