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¿Quién es Lautaro? El eco de un atleta amateur que la pelea desde el silencio

Foto:Lautaro Barral, en plena carrera.

A Lautaro a veces le tiemblan las piernas mientras maniobra los pollos para darle el toque final y depositarlos en los cajones plásticos de la sección de empaque, dentro de la gélida empresa avícola Criave, en Roque Pérez, provincia de Buenos Aires. No le tiemblan por dolor ni por miedo, le tiemblan de ansiedad. Sabe que, en pocas horas, estará haciendo lo que más le gusta: correr hecho una bala, sentir el aire fresco en la cara y, quien sabe, pedalear un poco. En fin, ser libre que le dicen. 

Pero antes de todo eso, Lautaro Barral, atleta amateur y soñador, precisa dormir una reparadora siesta, ya que pasa nueve horas de pie, entre las 5 y las 14hs, llevando adelante un trabajo de autómata, que le da sustento a él y, sobre todo, a su hijo, Theo Jesús, de quien no para de hablar. 

El corredor roqueperense no lleva demasiado tiempo en esto del atletismo, pero siente como si siempre hubiese sido su vida, le atacan brotes de pasión cuando surca las pistas o las calles. Hoy con 21 años, ya practicó basquet en el pasado, pero largó y estuvo cuatro años parado, casi sedentario. Volvió a moverse aficionado a las artes marciales, y fue eso lo que lo llevó a descubrir su nuevo amor. 

 

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“Mientras practicaba kick-boxing mis profesores se tomaron vacaciones. Yo no, y no me quería quedar parado. Entonces, arranqué a hacer un poco de bici, corría otro tanto; y cuando veía la oportunidad, nadaba. Inconscientemente, empecé a hacer triatlón, pero yo ni sabía que eso existía”, se ríe Barral, casi como quien se acaba de darse cuenta de las vueltas que la vida le puede dar a uno. 

Entre brazada y brazada en las 33 hectáreas, un conocido predio de su ciudad, donde muchos deportistas locales se entrenan y el cual sirve también para escenario de eventos, Lautaro conoció a Rubén Outon, atleta y entrenador local, con mucha experiencia en competencias y, sobre todo, un entusiasta del crecimiento de su tierra como partido atlético.

“Le pedí a Ruben si podía entrenarme, y él aceptó en el acto”, cuenta agradecido Barral. Un mes después, apenas con dos semanas de preparación, consiguió el sexto lugar de la general en una carrera en la vecina localidad de Lobos, y el primer puesto en su categoría. 

 

Lautaro junto a Rubén Outon, su primer entrenador, y Miguel Holze, compañero de entrenamientos (foto: Revista Génesis).

Entre mates y siestas, el guerrero prepara su batalla

La rutina de Lautaro rara vez se quiebra. Levantarse a las 4, tomarse unos mates y meterle pata en bici hasta la avícola, el reino frío donde muchos otros atletas, futbolistas y cantantes locales se ganan la vida desde hace décadas.

Después del mediodía, volver a casa cansado, pensando en las pasadas de la tarde. Un almuerzo y a la siesta nos vamos -santa siesta que curas todos los males. Después del descanso, unos mates y a darle al pedal, a correr o, depende del día, a nadar un poco. Dos veces por semana, gimnasio para fortalecer. 

Lautaro no tiene sponsors, tiene amigos. También se nutre del amor de sus dos hermanas y a su madre, que viven con él, y tres veces por semana tiene a Theo Jesús, que le da fuerzas cuando sus piernas ya no aguantan más, cuando su cabeza grita para parar. 

Quiere llegar bien alto, y para eso entrena cada día un poco más. En 2017, consiguió el segundo lugar en la general y fue ganador de su categoría en el Campeonato de Pedestrismo de Las Heras, provincia de Buenos Aires, tras 10 fechas disputadas.

 

Un desafío lleva al otro

“Ese tipo de resultados me motivan mucho, me hacen sentir que puedo. Además, no había podido ganar en las nueve fechas anteriores, y me llevé la última”, dijo Lautaro, satisfecho pero no conforme. Para cerrar el año pasado, consiguió el 18º puesto en la general  (entre más de 10 mil participantes) de la San Silvestre Buenos Aires, completando los 8k en 27m08s. 

No tiene nutricionista, ni problemas para regular la alimentación. Conoce su cuerpo, y explica por qué. “Pienso que no preciso de especialistas. Soy celíaco y siempre supe lo que debía o no debía comer; además, mis abuelos siempre me enseñaron la importancia de comer pescados, frutas, verduras. Mi educación alimentaria viene desde muy chico creciendo conmigo”, dijo el atleta bonaerense. 

Tiene objetivos. Entre pollo y pollo, sus articulaciones se entumecen, y los dolores de las carreras dominicales a veces se agravan, pero él no se achica. Piensa en correr algunas carreras en Chivilcoy, Las Heras y, quien sabe, Mar del Plata, su gran objetivo en abril. Le apunta los 3.000 metros y a los 10k, pero no descartar hacer alguna prueba de distancias más largas. 

“Antes que nada, amo mejorar, superar desafíos, sentirme más y más fuerte, superarme a mí mismo cada día. Mi ritmo pasó de 3’55” a 3’20” por kilómetro, y este año quiero bajar eso, siento que puedo”, dice Lautaro, hoy entrenado por Daniel Castro, un ícono del atletismo bonaerense, radicado en 25 de mayo. 

 

Por hablar de Ginóbili, Mo Farah y Gebrselassie

Y por hablar de referentes deportivos, Lautaro conserva su admiración por Emanuel Ginóbili de épocas pasadas, cuando sus sueños pegaban en el tablero y atravesaban el aro. Actualmente, se espeja en Mo Farah e idolatra a Haile Gebrselassie, ni más ni menos. 

Corra, Lautaro, corra; corra en búsqueda de sus sueños y siéntalo así: un coro de atletas amateurs estará apoyándolo cuando piense que va a caerse duro por el frío después de alguna batalla exigente. Que no existe nada más fuerte que un enorme corazón y el sacrificio de quien la pelea. 

 

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