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Cuento: Al tanito Mario lo conozco de chico

Foto:Al Tanito Mario lo conozco

Al tanito Mario lo conozco de chico, más precisamente desde el año 1973 en que nos mudamos a la casa de la calle Larrea.

En marzo, cuando comencé primer grado descubrí que mi vecino de enfrente era compañero de colegio y se sentaba a dos bancos del mío.

Muy de a poco comenzamos a coincidir en el recreo, a compartir nuestros primeros  juegos y nuestra amistad quedó sellada en las charlas que teníamos en el viaje, caminando de ida y vuelta al cole.

En forma casi natural, como sólo sucede a esa edad, pasamos de vecinos a compañeros y  luego amigos, pero amigos verdaderos de esos que se hacen cuando somos chicos y  son los únicos que abarcan esa palabra en toda su dimensión.

Transcurrimos nuestra infancia trepados a las ramas de los paraísos en verano, paseando en bicicleta, cazando pajaritos pero sobre todo pateando una pelota de fútbol.

Nuestra devoción por la redonda era casi religiosa y a pesar de que él era hincha de San Lorenzo y yo de Boca esa pequeña diferencia representaba un simple matiz que sabíamos disimular sin problemas. Los dos soñábamos con ser “jugador profesional” y planificamos durante años si nos íbamos a probar a Velez o a Ferro, los dos destinos obligados de cualquier pibe que vivía en zona Oeste.

La primera gran frustración que enfrentó nuestra amistad fue al final de séptimo grado cuando nos enteramos que nuestros caminos se abrían. Mario me contó entre angustiado y sorprendido que  la secundaría la iba a hacer en la ENET porque el padre quería que sea “Maestro Mayor de Obras”. En esa época se le despertó el bichito de la lectura cuando se cruzó, por casualidad, con un ejemplar de” La vuelta al mundo en ochenta días” y a partir de allí no paró de devorar libros que conseguía mangando a vecinos y prestados de la biblioteca del colegio.

Cuando me contó lo de la ENET me confesó que prefería otro tipo de colegio porque a él lo de las herramientas, el mameluco y las clases de taller no lo entusiasmaban ni un poquito, pero el Tano Carmelo, el viejo de Mario, era de esos que pensaba que la vida se divide entre los que “laburan” y los vagos de traje y corbata. Y en esto era inflexible.

Además, se sumaba que Tony, el hermano mayor de Mario, deslumbraba al Tano con las maravillas que hacía en el cole: un yunque en miniatura y un martillo que convirtieron a Tony en “casi Ingeniero” y a la ENET de Moreno en el templo de la sabiduría.

La habilidad de Tony primero fue una pequeña anécdota familiar pero de a poco, y cocinándose a fuego lento, se transformó en una rivalidad entre los hermanos que se fue aderezando con la clara dificultad de Mario con la vida técnica y la insoportable actitud del Tano Carmelo consagrando a Tony como hijo perfecto.

Llegó el momento de la facultad y después del martirio que fue la secundaria,  Mario se plantó y en un almuerzo familiar casi mata al Tano del disgusto. Le dijo, en medio de los ravioles del domingo, que iba a estudiar “Letras”. De entrada, Carmelo pensó que se refería a Letrista, se imaginó al hijo pintando carteles como se estilaba antes y tan mal no le cayó, pero cuando Mario comenzó con la explicación dando detalles de su verdadera vocación, el Tano se levantó y lo dejo hablando solo.

El idilio de Carmelo con Tony crecía en la misma proporción que Mario se distanciaba de su familia porque el Tano lo despreciaba abiertamente y la tana Rita era fiel a su marido y ayudaba fogoneando el plan de destierro de mi amigo.

Dicen que el tiempo sana las heridas, pero en este caso lo único que hizo fue agrandar las diferencias a partir de la muralla que cada uno construyó. Tony se hizo cargo de su rol de hijo mimado por los tanos y alimentó esto con visitas diarias a la casa paterna y sobre todo enorgulleciendo a Carmelo con su rol de “constructor” que disimulaba elegantemente su frustrada ambición de arquitecto.

Mario se fue del barrio rápido y armó su vida alrededor de la facultad, los libros y el cine que de a poco se convirtió en su profesión porque terminó siendo un prestigioso crítico escribiendo en revistas y diarios.

Yo seguí mi camino, estudié, trabajé, me casé con la flaca Silvana con la que tenemos dos pibes y una linda familia. Soy un tipo común con rasgos de los de antes, de barrio, casi con poca ambición más que el auto, la casa y un buen asado con amigos. Hasta me cuesta cambiar algunos hábitos enraizados, pero eso no impidió que sostenga mi amistad de fierro con un tipo como Mario que habla en difícil y se divierte comentando películas iraníes. Tal vez el vínculo fuerte es nuestra infancia compartida, el conocernos el uno al otro más que nadie en el mundo y sobre todo el deporte.

Está claro que lo de “jugador profesional” quedo en un cajón aunque en el fondo de nuestro corazón esa semilla sigue viva y cada vez que rueda una pelota, de lo que sea, a los dos nos brillan los ojos y vibramos en la misma frecuencia.

El súmum de nuestra amistad fue el viaje al Mundial de Alemania que en realidad bancó Mario, porque la verdad  que el rebusque del cine le permite vivir bien y sirvió para solventar esa aventura. De ese viaje, volvimos con hambre de deporte y empujados por nuestro deseo de mejorar la condición física. Comenzamos con un plan de entrenamiento riguroso.

Al poco tiempo, Mario me contó que se iba a sumar a un “running team”, porque solo no podía seguir la rutina que nos había armado mi primo que es profe de educación física aunque pesa 98 kilos y tiene tareas pasivas en un colegio del estado.

Después volvió con un discurso casi “evangélico” acerca de los beneficios del correr y me convenció para que me sume al grupo que se juntaba tres veces por semana en la Plaza de los Españoles, en Castelar.

Se las hago corta, lo que empezó con la intención de bajar de peso y mejorar nuestro estado atlético  evolucionó y con el transcurrir de los meses Mario y yo nos convertimos en “runners”. Corríamos 40 kilómetros por semana, usábamos calzas sin el menor pudor y discutíamos de pasadas, fondos y carbohidratos.

De a poco, fuimos dejando los partidos de futbol y lentamente fue germinando la idea de correr una maratón. Cuando me refiero a una maratón estoy hablando de 42 kilómetros, aclaro esto porque  el común de la gente piensa en una carrera de 8 o 10 kilómetros y de esas corrimos como 10.

El principal promotor de esto fue Mario porque, honestamente,  yo me conformo con menos, pero este loco siempre anda leyendo, buscando qué hacer y cómo ir por más. Yo soy un poco más quedado, pero de ladero soy un campeón porque lo banco en todas y lo sigo sin problemas.

Un día de diciembre me llamó por teléfono y me dijo que estábamos anotados en la Maratón de Rosario, que se corría el 20 de Junio. Al otro día hablamos con nuestro profe Santiago y le contamos nuestro plan. Santi es un maestro, porque además de un gran deportista capaz de correr una maratón debajo de 3 horas es un tipo de primera. Desde un principio nos cautivó con su pasión y buena parte del entusiasmo que hoy tenemos por el running lo mamamos de él.

Nos armó una nueva rutina con más kilómetros, incluyendo algunos cuidados en las comidas y con “descansos planificados”. Muy de a poco la idea de la carrera se fue apoderando de nuestro tiempo y en nuestras charlas se convirtió en un tema omnipresente.

Mi mujer y mis hijos entendían poco  lo que me pasaba, pero por suerte me apoyaban porque me veían entusiasmado y con una energía diferente. Tal vez cansado, pero con un ánimo y un humor que todos festejaban por lo bajo.

Trascurrieron los meses y llegaron los “fondos”. Primero 20 kilómetros, luego 24 y a finales de Mayo hicimos 30. Terminamos muertos, pero con una sensación de tarea cumplida que hacía tiempo no experimentaba. De a poco, mi cuerpo daba claras señales del progreso, bajé 5 kilos y logré volver a mi peso de los 20 años.

Un viernes de Junio, Mario me llamó preocupado porque se dio cuenta que el domingo de la carrera coincidía con el Día del Padre. Yo le dije que no se haga drama, que yo podía pilotear la situación con mi familia y para él no era un gran problema.

El tema es que la mano venía cruzada porque el boludo de Tony no tuvo mejor idea que invitar al Tano Carmelo a Rosario. Fueron dos días de desconcierto, porque hasta ese momento la maratón y el viaje era un tema nuestro, donde los demás participaban como espectadores distantes y resulta que ahora se sumaban estos dos como polizontes.

Superado el primer desconcierto, a Mario se le pasó la amargura porque en realidad el que se tenía que aguantar al Tano era Tony.

Llegó el sábado y partimos en la camioneta de mi amigo, cargando los bolsos  con una mezcla de entusiasmo y ansiedad que es difícil de describir. En las tres horas de viaje charlamos un montón y regamos nuestra conversación con Gatorade siguiendo la recomendación de Santiago de abusar de la hidratación antes de la carrera.

El tema central fue la estrategia a seguir, porque los dos apuntábamos a correr en menos de 4 horas, pero lo fundamental era terminar y alrededor de eso especulamos llegando a la misma conclusión final: vamos a correr a 5 minutos 30 segundos el kilómetro hasta donde dé, y luego aguantar sin caer de 6 minutos… y que Dios nos ayude.

A la noche nos juntamos a cenar con Tony y Don Carmelo en una linda parilla llamada “El viejo balcón”. Fuimos temprano porque queríamos acostarnos temprano y la verdad es que la elección fue un poco tonta porque nosotros pedimos fideos y encima sin salsa.

El mozo nos miró sorprendido y preguntó por cortesía si no queríamos probar algo de carne o achuras, pero nosotros, fieles al plan, no nos salimos del libreto.

En el medio de la cena Carmelo preguntó por la “famosa carrera” y le consultó a Mario cuanto íbamos a tardar. Cuando le dijo 4 horas se quedó pensando y luego repreguntó:

– ¿Cuantos kilómetros son?

– 42 kilómetros, papá – respondió Mario. En ese momento y luego de abrir la boca se dio cuenta que lo que para nosotros era un tema trillado para el Tano era una novedad.
La respuesta de Carmelo fue contundente:

– ¡Ustedes están locos, no llegan ni en pedo!

La cara de Mario se enrojeció, pero no llegó a emitir sonido porque Tony le salió al cruce intentando conciliar:

-Los vamos a seguir con el auto viejo, vas a ver que llegan.

En ese instante, sentí que Mario revivía un nuevo desplante del viejo y sufrimos juntos esa horrible sensación de desprecio. En 30 segundos transcurrieron 40 años de historia personal cruzados por la angustia que representa la desaprobación de un padre a su hijo.

Seguramente sin mala intención, sin planificar, sólo producto de la ignorancia de Carmelo o tal vez por sentir que su hijo no era como él había planificado. Lo cierto es que Mario sumó una nueva frustración, que de alguna manera se convirtió en motivación.

En una especie de “espinaca para Popeye” porque después del comentario hiriente de Carmelo, Mario reafirmó su compromiso de recorrer los 42 kilómetros 195 metros y de llegar en 4 horas.

Superado el mal momento, nos fuimos a dormir y luego de mil vueltas en la cama logré dormirme con la misma ansiedad que de chico esperaba la llegada de los Reyes Magos.

La largada fue a las 9 de la mañana frente al Monumento de la Bandera, con un frío atroz pero con un clima de fiesta. Estábamos muy nerviosos, pero con una alegría inmensa.

Luego de una tensa espera largó la carrera y después de un fuerte abrazo comenzamos nuestra aventura. A los 200 metros nos cruzamos con Tony y Carmelo, que a un costado de la calle nos saludaron efusivos. Los primeros kilómetros transcurrieron tranquilos y al doblar en Boulevard Oroño nos volvimos a encontrar con los Tanos que nos seguían en auto.

Desde allí seguimos hasta el Parque Independencia, pasamos frente al Estadio de Newell’s, por un costado del cementerio, el club Provincial y finalmente alcanzamos la avenida Pellegrini.  Iban 10 kilómetros y nos sentíamos en plenitud. El ritmo se llevaba con comodidad pero no sucumbimos a la tentación de apurar porque sabíamos que lo duro venía más adelante.

Los dos tanos parecían Droopy. Nos saludaron en la entrada al Parque y luego cuando tomamos Pellegrini y después cerca del Monumento a la Bandera cuando estábamos en el kilómetro 20. A esa altura la cara de Carmelo era de asombro al ver que su hijo sostenía el ritmo y ya tenía en el bolso la mitad de la carrera.

A partir de allí la cosa comenzó a cambiar de a poco y lo que de entrada fue un paseo, paulatinamente cambió de color. El esfuerzo se comenzó a sentir y kilometro a kilometro la alegría se convirtió en sufrimiento.

La voy a hacer corta para no aburrirlos. Del 30 en adelante me acuerdo poco. En realidad recuerdo todo pero prefiero olvidarlo o dejarlo en mi memoria pero engañándome y omitiendo el dolor. Tiempo después leí un libro de Murakami en el que habla de su experiencia como ultramaratonista y dice: el dolor es inevitable, el sufrimiento es una opción.

Los últimos 10 kilómetros fueron un parto. Luchamos contra la propia impotencia, contra la sensación de no poder dar un paso más y solo ayudados por el orgullo.

Los dos tanos aparecían cada 5 cuadras alentando y tratando de ayudar sin saber cómo hacerlo. Perdí la cuenta de las veces que los cruzamos y de los kilómetros transcurridos. Tengo imágenes difusas de los lugares por donde corrimos. Me quedó muy presente el Parque Scalabrini Ortiz, un enorme descampado donde el viento soplaba como un huracán, permítanme la licencia porque así lo sentí. Luego recuerdo los silos de colores y ya al final una calle empedrada muy cerca de la llegada.

Nuestro ritmo después del kilómetro 34 supero los 6 minutos programados pero a esa altura lo único que importaba era llegar. Mario intentaba alentarme pero su tono cascado no ayudaba y yo preferí no emitir comentario porque no articulaba y lo único que podía decir se alejaba mucho de un “aliento”.

Recuerdo el cartel del kilómetro 40 y un rayo que me cruzó el cuádriceps. Me quedé petrificado y pensé que hasta allí llegaba mi esfuerzo. Mario se detuvo y me pidió que elongue.

Cuando quise subir la pierna doblándola a la altura de la rodilla el dolor y la contractura se trasladó al isquiotibial por lo que opté por quedarme quieto. Después de unos segundos el dolor remitió y comencé a caminar despacio.

Paso a paso me recompuse y comencé a correr con miedo pero confiado. Unas horas después de la carrera especulamos con nuestro tiempo y culpamos a mi cuádriceps por no bajar las 4 horas.  Finalmente, llegamos juntos en 4 horas 1 minuto y 32 segundos.

La foto la tengo en mi escritorio y me acompañará toda mi vida. Pero lo más importante ocurrió unos 150 metros antes de la llegada.

A un costado del camino nos cruzamos a Carmelo por última vez que con lágrimas en los ojos le decía a Mario: ¡Hijo, estoy orgulloso de voz!

Nunca voy a saber qué transformación ocurrió durante esas 4 horas en el Tano. Yo especulo que seguirnos durante todo el recorrido le hizo tomar dimensión del esfuerzo.

Ellos lo vivieron de cerca y pudieron palpar nuestro esfuerzo y el de muchos otros en primera mano. Estoy convencido que, de alguna manera corrieron junto con nosotros y la vivencia lo tocó.

El punto es que esa frase de Carmelo fue una redención para Mario. Logró lo que años de terapia no pudieron sanar y es un secreto que guardo en mi corazón porque nunca hablamos del tema. Nosotros, que somos amigos desde los 6 años, que no tenemos secretos, no necesitamos hablarlo porque lo vivimos juntos y esas cosas sólo se sienten.

En la llegada, Mario comenzó a llorar. A llorar en serio, con ruido, desde adentro. Un compañero del grupo de Castelar se acercó a felicitarlo pensando que la emoción era producto del logro. Otro boludo comentó en voz alta que era por el día del padre.

Cuando el Profe Santiago nos contaba que correr una maratón no eran solo los 42 kilómetros no entendí a qué se refería. Cuando nos dijo que el running te cambia la vida tampoco sabía de qué hablaba. Hoy doy fe de eso.

Corrimos un montón de carreras. Varias maratones. Bajamos las 4 horas y tuvimos la suerte de ir a Nueva York y Chicago. Correr es una bendición, y voy a intentar hacerlo toda la vida.

No lo hago con frecuencia, pero cada tanto me vuelve a la memoria esa imagen y al revivir esa carrera se me hace un nudo en la garganta. Sobre todo cuando recuerdo la voz de Carmelo diciendo: ¡Hijo, estoy orgulloso de vos!

Por Rodrigo Nardillo

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