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Historias en Primera persona #10

1. Agarrarle el gusto

Comencé a correr en agosto del año pasado. Antes no corría ni una vuelta a la manzana, literalmente. Me propusieron de adidas sumarme a la campaña de boost girls, siendo una de las representantes argentinas en carreras por todo el continente, y eso me incentivó. Dudé un poco antes de aceptar, porque no me creía capaz de correr, pero la idea de conocer lugares y gente, y de compartir esto con mi amiga Delfi Chaves me terminó convenciendo.

Al principio me quería matar, y me replanteé millones de veces qué estaba haciendo, quién me mandaba a correr, porque me costaba mucho, pero de a poquito le fui agarrando el gusto. A mi primera carrera, que fue en Puerto Rico, llegué con un tremendo miedo, no sabía qué me iba a encontrar.

El ambiente del running es re lindo, en esa carrera había como diez mil personas, mucha euforia. Una locura. Tuve una mezcla de sentimientos bastante extraña, cuando largamos tenía ganas de llorar, era estar por fin haciendo lo que venía buscando desde hacía meses. Y la llegada fue tremenda, casi llorando, no lo podía creer. La verdad que es muy emocionante.

De a poco empecé a disfrutar todo esto de buscar una meta, un propósito con uno mismo, superarte todo el tiempo. Me sorprendí cómo influye la cabeza, y fui creciendo mucho en ese aspecto. Me afectaba mucho, maquinaba todo el tiempo y, por eso, al principio salía con música, para distraerme un poco. Después fui aprendiendo a controlar más mi mente, mi cabeza, y ahora corro sin música, así que ya no me pierdo todo lo que hay alrededor.

Ver lo que pasa en las carreras esta buenísimo: todo el mundo se acompaña, está feliz y emocionado, y los corredores se incentivan entre ellos aunque no se conozcan. La gente también apoya desde afuera, con carteles, con gritos de aliento, con música. Es un flash.

Manuela Viale, 24 años, actriz, ciudad de Buenos Aires.

2. Onda que contagia

Jugué veinticinco años al rugby, hasta que me rompí los ligamentos de la rodilla. Dejé el deporte y, por mi edad y las obligaciones, fui perdiendo estado físico.

Hace más o menos tres años, un amigo me invito a un grupo de running y comencé a entrenar. No me operé nunca la rodilla, así que corro con los ligamentos rotos, pero no me molesta para nada. Llegué a hacer una media maratón y estuvo todo bien.

Lo que más me atrajo del running es todo lo que lo rodea: Estar al aire libre y la onda de la gente, que se contagia. Después de todo un día de trabajar, de todo ese esfuerzo y estrés, salís a correr y conectás con otra cosa, que tiene más que ver con la naturaleza, con lo saludable. Está bueno. Cuando salgo de trabajar y tengo que ir a entrenar, pienso “no tengo ganas”, pero cuando vuelvo soy otra persona.

Cuando comencé a correr me costó un poco porque venía de un parate importante, pero al poco tiempo ya estaba corriendo bien. No apunto a ser maratonista ni ultra, solamente corro para desconectarme, para disfrutar, para desenchufarme. Para sentirme bien.

Mi primera carrera fue de diez kilómetros. Me entusiasmó mucho la onda que transmitía la gente en la largada… En los primeros kilómetros ni me di cuenta de que estaba corriendo, porque me empujaba la marea. Cuando llegué estaba feliz. Mi idea ahora es buscar carreras de trail en distintas provincias, para conectarme más con la naturaleza, que es lo que más me gusta.

Mi mujer me veía correr y hacer spinning y me decía que estaba loco. Después, empezó con spinning y al tiempo también se largó a correr… En las vacaciones corremos juntos por la playa, y durante al año también salimos juntos algún día de la semana. Es una actividad que nos complementa y está muy bueno poder compartirla.

Guido Resnik, 43 años, odontólogo, ciudad de Buenos Aires.

3. Reencuentro

Nunca fui muy buena para los deportes. En la escuela me fue siempre muy mal con el test de Cooper y siempre creí que correr no era lo mío. Mi papá corría, a pesar de que por una mala praxis en una operación creyeron que no iba a volver a caminar. Como él salía a veces con mi hermana, me dieron ganas de sumarme, me pareció algo bueno para hacer con él.

Corrí algunas carreras de cinco, ocho y diez kilómetros. Quería correr una media maratón, pero mi papá se enfermó, lo internaron y tuve que reemplazarlo en el trabajo. Con eso y la facultad, no me quedó tiempo para correr, aunque lo sostuve durante un tiempo más. Mientras estaba internado, mi papá me mandaba indicaciones de entrenamiento por chat, me preguntaba por dónde había corrido. Era nuestro diálogo, nuestro momento juntos.

Hace un año falleció, yo ya no corría. Cuando pasó un poco el tiempo, a principios de este año, me decidí a volver. Busqué una media maratón y encontré una que justo era en su cumpleaños, el 3 de abril. No lo dudé y me anoté, a pesar de que ya no tenía quién me indicara qué hacer.

Publiqué esto en Facebook e Instagram y me contactó una chica de Necochea, Emilia, con la que nos hicimos re amigas. Ella me empezó a aconsejar y a pasarme el plan de entrenamiento todos los días. Dediqué cada kilómetro de la carrera a algo: a la fuerza de voluntad, a determinada persona, a mi papá. La disfruté mucho y cuando la terminé me largué a llorar, se me juntó todo.

Lo que más me complicó la carrera fue que hace un tiempo me enteré de que era celíaca y, como además soy vegetariana, la carga de carbohidratos no fue fácil.

Corro porque es lo que no me sale, porque cada vez que lo hago me supero. Me encuentro a mí misma, escucho mi mente, me da todos los días un motivo para despertarme, un objetivo. Me hace feliz.

Dolores Maffi, 23 años, empleada administrativa y estudiante, Luján, Buenos Aires.

 

Nota publicada en Revista O2 N12

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