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Julián Molina, el campeón que se debate entre los Juegos Olímpicos y un trabajo fijo

Foto:Julián Molina y su emocionante llegada en los 21k de Buenos Aires

Las notificaciones se multiplican. Hay llamados, mensajes, solicitudes. Mucha gente que no conoce se le acerca y hasta tiene su teléfono celular. Algo mareado, todavía con la euforia por el éxito reciente y con la necesidad de concentrarse en lo que viene, Julián Molina se hace tiempo como puede para responder a todos.

Es el flamante campeón nacional de media maratón y gozó de los flashes de la carrera más multitudinaria que se corre en territorio nacional. El desafío ahora es que la onda expansiva de esta explosión dure más que los círculos que se forman en el agua cuando cae una piedra. Hay que capitalizar el momento.

Apenas unos pasos después de cruzar la línea de meta, agitado y alegre, con los micrófonos enfrente, soltó la lamentablemente repetida historia del esfuerzo titánico de los atletas argentinos por conseguir algo de dinero.

Las cuarenta docenas de empanadas que cocinó y vendió para pagarse el viaje desde Rosario a Buenos Aires recorrieron todos los portales de noticias y son un resumen de todo lo que vivió el entrerriano en su recorrido como atleta, que llegó a tener una interrupción en 2015.

Julián Molina, campeón de media maratón

– ¿Te sorprendió el resultado?

– Sí.  Sabía que podía pelear una medalla, pero éramos muchos corredores que podíamos bajar la hora cinco. Cuando entré al último kilómetro y venía peleando la medalla con Mastromarino y Eulalio… No lo imaginaba. Sabía que si llegaba bien a los últimos doscientos, podía cambiar la cosa. Pero primero había que llegar.

– ¿En qué momento te diste cuenta de que lo ganabas?

– En los últimos ciento cincuenta metros, cuando entramos al sprint final, porque tengo buen remate y Mastromarino me gritó “andá, que es tuya”. Me dio la confianza que necesitaba, ahí me sentí campeón argentino.

– Es competidor, pero te alentó

– Sí, porque nos escapamos los dos, pero el Colo se empezó a quedar unos segundos y se vio que no estaba para ganarla. Me pegó ese grito para ayudarme porque somos muy amigos, hemos hecho pretemporadas juntos. La verdad que estoy muy contento por haber corrido a ese nivel y más al lado de un olímpico.

– También te ayudó a mantener el ritmo durante la carrera, ¿no?

– Sí, porque yo estaba muy ansioso. Sabía que venía bien preparado, pero había que correr de menor a mayor como lo hizo él, que trataba de tranquilizarme. En el kilómetro siete, en la primera cuesta que agarramos, yo hice una diferencia de treinta o cuarenta metros, pero me tranquilicé y volví con el pelotón.

– Si él no te tranquilizaba, ¿no se te daba?

– No sé. Me la podría haber jugado y correr más fuerte, o podría haberme salido mal. En el momento fui frío porque faltaban muchos kilómetros.

Molina, detrás de los pasos de Mastromarino
Molina, detrás de los pasos de Mastromarino

– Cuando cruzaste la línea, ¿en qué pensaste?

– En todo el equipo que me ayudó, en mi familia, en mi novia. En Atenas, en mi entrenador, en lo mucho que venimos trabajando. En mi mamá.

Desde el 2012 que venimos trabajando con Cristian Crobat y siempre tuve el sueño ser campeón argentino. Yo venía de ser subcampeón y siempre me quedaba con bronce o plata, y me quedaba con la vena, me preguntaba “¿por qué no a mí?”

Entre la razón y la pasión

Desde que su talento para correr fue descubierto en Paraná por Elías Uner, una gloria local, Julián tiene una lucha interna que no cesa: cuando piensa fríamente, cuando cuenta peso por peso para afrontar la vida cotidiana y se imagina en el futuro con la necesidad de cobrar una jubilación, el atletismo queda lejos y su búsqueda se dirige hacia un trabajo fijo que le permita pagar las cuentas y sumar años de aportes.

Pero dentro suyo late algo más, hay algo que pugna por salir y exhibirse, una capacidad que no merece ser desechada. En ese momento, correr pasa al frente y gana el centro de la escena.

Comenzó a correr a los diecinueve años, después de dedicarse durante mucho tiempo al fútbol, más por despuntar un vicio que por depositar sueños en ese deporte.

El cambio de actividad le sentó bien, y además dejó contenta a su mamá, la persona que lo seguía a todas partes. “Me acompañaba a todas las carreras, viajaba conmigo. Estaba contenta, le gustaba verme correr más que jugar al fútbol, porque me lastimaba menos”.

El fallecimiento de su madre unos meses más tarde lo enfrentó al dilema que sigue persiguiéndolo: las ganas de correr crecieron, ya que a la satisfacción personal se sumó un deseo de tributo a su mamá, pero la ausencia de ella también implicó más obligaciones con la economía hogareña.

Entrenaba a distancia, bajo el mando de Cristian Crobat, del club Atenas de Rosario, y su objetivo era mudarse a la ciudad santafesina en algún momento.

Tuvo un 2014 soñado, que incluyó un subcampeonato nacional de cross country y, cuando parecía que llegaba el momento del despegue, todo se interrumpió.

– Al año siguiente dejé de correr. Me di cuenta de que si algún día quería jubilarme iba a tener que conseguir un trabajo fijo, y no podía seguir entrenando.

En lo más alto del podio
En lo más alto del podio

– ¿Por qué volviste?

– Estaba por entrar a la policía de Entre Ríos, pero mi entrenador me llamó, me dijo que con ese trabajo no iba a poder demostrar el nivel deportivo que tenía, y en ese momento apareció la posibilidad de trabajar en una fábrica de Puerto General San Martín, en Santa Fe. No lo dudé: agarré el bolso, hablé con mi familia y me entendieron.

– ¿Cómo recordás ese año en que no corriste?

– Mal. Estaba alejado de las carreras, no quería saber nada, porque sufría mirarlas de afuera y no estar presente sabiendo las condiciones que tenía.

Desperdicié un año entero, pero ahora puse la cabeza de lleno en el deporte nuevamente. Estoy tratando de buscar un apoyo porque tengo proyectado con mi entrenador ir a Tokio 2020. Con el tiempo que hice en los 21 creemos que se puede lograr.

– ¿Cuesta tomar la decisión de renunciar a un trabajo para entrenar, sabiendo que necesitás ese ingreso?

– Sí, la verdad que es complicado. Yo busco trabajar, tener un trabajo que me permita entrenar en doble turno. Yo renuncié a la fábrica de heladeras de Puerto San Martín para irme a una de bicicletas en Rosario.

Estaba muy bien ahí, trabajaba ocho horas y podía entrenar a las seis de la mañana y de nuevo a la noche, pero me echaron porque tuvieron que reducir personal.

Ahora trabajo de mozo fin de semana de por medio, en un catering, y de vez en cuando hago empanadas para tener un ingreso, como para la carrera.

– Cuando dicen lo de las empanadas, ¿qué te genera?

– Orgullo, porque en Paraná mis viejos siempre tuvieron rotisería, y mi viejo la sigue teniendo. Esa fue mi forma para generar algo, porque es complicado estar sin un peso en el bolsillo. Me ayudó para pagar mi alimentación, mi estadía. Era difícil. Pude ganar algo con la carrera, pero no es algo fijo que se sostenga en el tiempo. Yo tengo que comprarme vitaminas, recuperadores, y no alcanza.

– ¿Y cómo hacés con las zapatillas y la indumentaria?

– Me las compro yo. Uso lo que gano en premiaciones de carreras. Por eso antes de los 21 de Buenos Aires metí una carrera en el medio, que fueron 21 kilómetros en Armstrong. Había menos nivel y la corrí más tranquilo. No debería haberlo corrido, pero lo hice por la necesidad económica. Me pagaron seis mil pesos.

– Un par de zapatillas cuesta cuatro mil pesos…

– Sí, están caras. Gracias a Dios ahora se han acercado apoyos y mi entrenador está viendo eso. Yo trato de estar con la cabeza fría y puesta en competir.

– ¿Qué te devuelve el deporte para justificar todo tu esfuerzo?

– Me di cuenta, por el año ese que no corrí, que este deporte me devolvió mis amistades. Yo me había apartado de todo, no quería saber más nada, estaba muy bajoneado y sólo pensaba en conseguir un trabajo. Correr me emociona mucho, me da mucha alegría. Me hizo conseguir mi primer trabajo por los contactos que logré. Me dio grandes amigos.

 

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