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Pedro Gómez: “Correr fue lo mejor que me pasó en la vida”

Foto:Pedro Gómez, en pleno vuelo. Foto: Disparadores seriales

“Somos una especie en viaje 
no tenemos pertenencias, sino equipaje, 
vamos con el polen en el viento 
estamos vivos porque estamos en movimiento”

Movimiento, Jorge Drexler

 

Pedalear para llegar a la fábrica, nueve horas de pie allí dentro, y pedalear de nuevo a la salida; recién ahí, calzarse las zapatillas y el short para comenzar con el entrenamiento. Dormir y volver a empezar.

Esa fue la rutina de Pedro Luis Gómez, el mejor atleta argentino en la última Maratón de Buenos Aires, que fue también Campeonato Iberoamericano (y tuvo a Pedro en cuarto lugar), en los últimos meses. Consciente de que no le darían permiso para viajar de Córdoba, donde reside, para ser parte de la competencia, y necesitado de descansar unos días antes de correr, sopesó sus posibilidades y decidió renunciar a ese empleo. Sólo duró seis meses. Antes de eso, también por privilegiar al atletismo, fue despedido de su anterior trabajo, como repositor.

– ¿Cómo llevás esos períodos en los que estás sin trabajo fijo?

– Empecé a hacer changas por mi cuenta. Me dediqué a correr más carreras cortas, donde siempre saco unos pesos. Trato de ahorrar en todo lo que pueda para poder darme vuelta hasta que salga algo.

 

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– ¿Cuánto se gana en esas carreras?

– Tres mil, cinco mil pesos, como mucho. Mientras más plata haya, más nivel hay y cuesta más estar entre los primeros puestos. Me sirve para tirar esa semana, no es mucha la plata que sacás.

El esfuerzo y la escasez de recursos no son una novedad en la vida de Pedro, que conoció al atletismo de rebote, hace menos de una década, cuando lo que buscaba era otra cosa: cambiar su destino, hacerle una gambeta a lo que la vida determinó para él y su familia en Juan Bautista Alberdi, un pueblo tucumano de alrededor de 18 mil habitantes.

Allá vivía en el campo y no me había imaginado jamás que correr te podría dar algo. El atletismo ni existía, no lo conocía. Trabajaba en el campo, en cosechas de todo lo que sale en Tucumán: caña, tabaco, limón, naranja, durazno.

– ¿Trabajabas junto a tu familia?

– Sí, éramos peones de campo. Comencé a trabajar de cosechero casi desde que tengo memoria, de muy chico, aunque suene exagerado. También trabajé en el taller que tenía mi viejo. Él falleció cuando yo tenía 12 años; después, mi vieja se fue de mi casa cuando yo tenía 16. Ahí, con una de mis hermanas quedamos a cargo de los dos más chicos. Entre los dos nos dimos vuelta para tratar de ayudar y criar a los otros. A los 21 me vine a Córdoba a probar suerte, ganar unos mangos y ayudar en mi casa. Mandaba plata siempre.

– ¿Tenías una oferta de trabajo? ¿O por qué te fuiste?

– No me gustaba la vida del campo y veía que no tenía futuro ahí. Allá en el norte el que trabaja en el campo nace así y, lamentablemente, se muere así. Es todo trabajo en negro, no hay chances de que ahorres para algún día dejar de trabajar. Nunca te jubilás. Comenzás trabajando ahí y te morís en el mismo lugar.

 

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– ¿Quién te mostró el atletismo? ¿Cómo lo conociste?

– Me vine a trabajar en una obra, que era justo al lado de la casa de Luis Escudero, el veterano de guerra con el que me fui a Malvinas a comienzos de año. Él hacía atletismo antes de ir a la guerra, y siguió haciendo a su vuelta; su hijo, Mariano, también hace atletismo. Me acerqué a ellos y me presentaron el deporte. Corrí mi primera carrera en 2008, 2009. Fueron 10 kilómetros.

En Malvinas, Pedro corrió una de las tres maratones que lo tuvieron en la línea de largada este año: ganó dos (la de las islas y la de Córdoba), y en la otra fue el mejor argentino. Por ir a Malvinas fue que lo echaron de su trabajo, y el viaje fue, de todos, el menos sencillo:

– No sólo fue sufrido correr los 42 kilómetros allá, sino todo lo demás. Fue bastante complicado: recibimos muy poca ayuda y todo el viaje fue prácticamente bancado por Luis. Viajamos de Córdoba a Buenos Aires en camioneta cinco personas, incómodos, durmiendo ahí. Se hicieron muchas escalas en el avión, dormimos en el piso del aeropuerto de Santiago… Llegamos allá y tuvimos que someternos a las reglas de los ingleses, que te hacen firmar papeles para que no mostrés tu bandera ni hables de la guerra. Haber podido ganarla después de todo eso fue impresionante. Fue muy emocionante.

 

 

– Siempre tuviste trabajos asociados al esfuerzo y con jornadas largas, ¿te costó ver al atletismo como una profesión?

– La verdad, hoy no me considero atleta profesional ni de elite. Siento que me falta mucho, y hoy tampoco lo veo como un trabajo. Sigo creyendo que es un pasatiempo. Estoy en la búsqueda del trabajo que me ayude a estar bien económicamente y que me permita dedicar el tiempo libre a correr. El miedo que tengo, que es el de muchos atletas, es que se me pase la vida: a veces te quieren dar una ayuda por un tiempo, pero ¿qué pasa después? Tengo 30 años, quizá corra seis años más, ¿y qué voy a hacer? Para salir a buscar un trabajo voy a ser grande y no voy a tener experiencia. Me va a costar más. Uno de mis miedos es dejar de correr y no poder conseguir trabajo.

– Teniendo en cuenta todas estas dificultades, ¿por qué lo hacés?

– Amo correr. Todavía tengo esto de querer saber hasta dónde llego. En el tiempo que llevo corriendo muchas veces quise dejar, porque se me hace muy difícil. Cuesta muchas veces perder una carrera y ver el crecimiento de otras personas, no por envidia, sino por pensar “si yo hubiese estado descansado, si hubiese podido entrenar más, les habría ganado”. Eso te lleva a no querer correr más; pero también está el orgullo, que te lleva a seguir. Y está el miedo de dejar de correr y ver qué pasa. En Malvinas tenía mucho miedo, había hablado con mi entrenador y con Luis que quería dejar, pero ellos me convencieron de que lo intentara. Es la esperanza de seguir creciendo. Que salga algo te mantiene. A mí me apasiona mucho, me encanta, y creo que fue lo mejor que me pasó en todo este tiempo.

– ¿Te hubiera gustado conocer todo esto de más chico?

– Sí. Una de las cosas que siempre pienso es dónde hubiera llegado si hubiera comenzado a correr a tiempo, como se debe, a los 15 o 16 años. En Tucumán tenía el típico profesor de educación física en el secundario que te hace correr unas vueltas a la cancha y nada más. Ahí siempre era el primero en terminar las vueltas, el más rápido. Quizás, si hubiese explotado ese talento a esa edad, hubiera sido otra cosa. Lamentablemente, comencé de muy grande aquí.

– ¿Qué fue lo que te gustó de este deporte?

– Me dio un crecimiento personal. Más allá de que ahora tampoco estoy bien económicamente, me terminó de formar como persona. Era el típico chico del norte que viene del campo: medio sumiso, callado. La gente de ciudad, cuando sos así, te quiere pasar por encima. Yo era así y esto me formó el carácter, me hizo tratar con más gente, conocer más. Me gusta y me hace sentir que soy mejor persona.

 

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– ¿Qué objetivos te quedan?

– Lo único que me interesa es seguir mejorando las marcas. Poder correr un tiempo más y seguir afianzándome en las distancias que me gustan, que son los 10, 21 y 42 kilómetros. Quiero, cuando deje de correr, poder decir “estas son mis marcas, no fui uno más del montón sino un atleta verdaderamente bueno”.

– ¿Qué te ves haciendo después?

– Me gustaría entrenar, formar chicos, darles la posibilidad de entrenar como se debe y a la edad que se debe. Que no les pase lo que me pasó a mí de empezar tan grande. Me gustaría ayudarlos a que conozcan el atletismo desde chicos. Uno de mis sueños es volver a mi pueblo, en Tucumán, y mostrar el atletismo, ayudar a formar chicos allá para que puedan vivir lo que viví yo.

Foto de apertura de nota: DISPARADORES SERIALES

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