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Barkley, la carrera más dura, desde adentro

Foto:A la derecha, con gorra y pelo largo, Nickademus Hollon se prepara para su primera experiencia en Barkley

“En la vida no basta con comer y dormir, falta sentir éxtasis. Hace falta la intensidad de vivir”. Cuando Enrique Symns pronunció estas palabras, ni de casualidad se estaba refiriendo a nada que amagara con acercarse al deporte, pero la frase bien podría surgir de quienes sin motivo aparente se someten a pruebas irrealizables como la Barkley Marathon: una carrera de alrededor de 100 millas (160 kilómetros) en medio de montañas y con una serie de obstáculos y complicaciones pergeñadas por la mente perversa y lúdica de su creador, Gary Cantrell.

El origen de Barkley es caprichoso, y se remonta al escape que no fue del asesino que quizá no haya sido: se trata de James Earl Ray, condenado a 99 años de prisión por el crimen de Martin Luther King Jr. Luego de dos meses prófugo, Ray confesó su culpabilidad para, inmediatamente después de recibir la pena, arrepentirse. Sus posteriores explicaciones nunca fueron tenidas en cuenta.

Después de nueve años en la penitenciaría Brushy Mountain, ubicada en el estado de Tennessee, Ray se fugó junto a otros siete reclusos. Los 97 kilómetros cuadrados del parque estatal Frozen Head, contiguo a la prisión, sus cinco montañas y su terreno escarpado fueron demasiado para los prófugos: terminaron agradeciendo que tres días más tarde los capturaran y evitaran, de esa manera, que murieran de hambre en el intento. Sólo consiguieron recorrer ocho millas (13 kilómetros), y J. E. Ray se ganó un año más de pena, para llegar a los 100.

El fallido escape al menos inspiró a Gary Cantrell para crear una de las carreras de montaña más misteriosas y difíciles del mundo, que desde 1985 sólo fue completada por 16 personas (Jared Campbell fue el único que logró hacerlo tres veces, en 2012, 2014 y 2016). Son cinco vueltas a un circuito devastador, cada una de 12 horas como tiempo límite para seguir en carrera. Sesenta horas de sufrimiento, cansancio extremo, alucinaciones y endorfinas.

 

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Cantrell es un contador que en su juventud fue corredor aficionado y que con los años fue cultivando una especie de sadismo extravagante que canaliza a través de la organización de carreras complicadísimas y en algunos casos absurdas, entre las que Barkley se destaca.

Es creador también de Backyard Ultra, una ultramaratón que consiste en darle vueltas a un circuito de poco más de cuatro millas (siete kilómetros) en un tiempo límite de una hora. La cantidad de vueltas es indefinida: el ganador es el último corredor que siga siendo capaz de recorrer el circuito en menos de una hora, sean quince, cien o mil vueltas.

En el ambiente del trail running, Cantrell es conocido por su seudónimo: Lazarus Lake. A pesar de sus delirantes creaciones, o precisamente por ellas, no sólo es respetado en el ambiente sino que incluso es un personaje querido.

 

Barkley Marathon y las cuerdas de una marioneta

“Cuando alguno completa Barkley es como si le cortaran las cuerdas a una marioneta: se desploman”, describe Laz con una sonrisa en el documental Barkley 100, donde también asegura sentirse “elevado e inspirado” cada vez que alguien supera el desafío. Cuando esto sucede, efectivamente se inspira y eleva el grado de dificultad de la carrera, realizando modificaciones en el circuito para que el año siguiente sea aún más duro.

Para la inscripción en Barkley el primer obstáculo es conseguir la dirección de mail de Lazarus, no publicada en ninguna parte. La única manera de tenerla es recibirla de alguien que ya haya participado de la carrera, pero guarda con eso: si Laz se entera quién pasó su mail, automáticamente esa persona queda imposibilitada de inscribirse en cualquier edición futura de Barkley.

Ya con el mail, el aspirante tiene que escribirle al organizador contándole porqué es merecedor de ser parte de la experiencia. Lazarus analiza los pedidos, mayores año a año, y decide quién es efectivamente merecedor de sufrir en sus montañas.

Eso sí, los ¿afortunados? no se enteran hasta poco tiempo antes de la carrera. Para una prueba así, el entrenamiento es de aproximadamente un año, por lo que aún sin saber si van a poder correrla, los aspirantes cumplen con esos doce meses de planificación estricta, a la espera del visto bueno del simpático organizador.

 

El “costo” de la inscripción

¿Lazarus hace esto por la guita? Para nada: el costo de inscripción es de un dólar con sesenta centavos (sí, está bien tipeado, ése es el precio), a lo que cada debutante en la competencia debe agregar una patente de auto de la localidad de donde proviene, para que él pueda sumarla a su colección.

Quienes ya la corrieron y fallaron (o sea, casi todos), tienen que llevarle un par de medias de vestir. Y el selecto grupo de los que pudieron vencer a la bestia, deben llevarle a Laz un paquete de cigarrillos para que siga amarilleando la tupida barba cana que le cubre la cara.

 

Hollon, contra todas las probabilidades

Nickademus Hollon es un ultramaratonista de San Diego, Estados Unidos. Charlando con un amigo corredor que se sentía frustrado por no poder finalizar Barkley, se enteró de la existencia de esta prueba. Nickademus inmediatamente supo que necesitaba probarse a sí mismo en la carrera imposible de Lazarus Lake.

Algunas personas funcionan así, escuchan un desafío imposible, una odisea espantosa, y en lugar de simplemente sorprenderse deciden ir en busca de ella y vivirla en carne propia, con la convicción (no una esperanza llana) de que ellos sí van a poder sortear los obstáculos contra los que chocaron los demás.

Nick comenzó con este tipo de distancias dementes en 2006, después de haber pasado años corriendo maratones y carreras de pista. Su primera ultramaratón fue una campaña de recaudación para un amigo enfermo de leucemia: Nick pidió a algunas personas que donen uno o dos dólares por cada vuelta que diera a una pista de atletismo. Dio 400 vueltas, hasta completar cien millas. Desde entonces, se la pasa persiguiendo incesantemente sus límites, alcanzándolos y empujándolos:

“Siempre he estado en carreras en las que haya pocas chances de terminar. Me interesa más el desafío que la competencia”, cuenta vía Skype.

El motor que lo llevó a empezar en este tipo de distancias fue la amistad. Lo que lo sostiene hoy es la necesidad de desafiarse permanentemente. Pero lo que lo hizo correr por primera vez fue la bronca: “Vi a mi mamá correr su primera maratón después de divorciarse. Yo era un adolescente lleno de enojo y puse todo eso en correr”.

Ese recorrido lo llevó hasta Barkley (una vez que consiguió el mail, pasó el filtro de Laz, entrenó y viajó a Tennessee). Ahí las complicaciones recién comienzan: La carrera larga cada año el sábado más próximo al primer día de abril, sin horario estipulado. O sea que puede empezar a las cinco de la mañana, a las tres de la tarde o a las once y media de la noche, y todos tienen que estar listos por las dudas.

Esto significa que para ese último día no hay plan nutricional posible y que el descanso nunca será el ideal: no sabés a qué hora acostarte porque no sabés a qué hora tenés que comenzar la carrera…

 

El cuerno de Laz… y otras ocurrencias

En determinado momento del sábado, cuando a Laz se le ocurre, hace sonar un cuerno para informar que resta una hora para el inicio de la carrera. En un campamento cercano a la largada, todos los corredores conforman una pequeña y ansiosa tribu que acomoda y reacomoda en su mochila los elementos que va a necesitar para alimentarse, abrigarse y orientarse en medio de las montañas.

Al oír la señal, salen uno a uno de sus carpas, apuran los últimos detalles (no importa cuánto tiempo tengas para organizar tu equipamiento, siempre va a quedar algo que ingresa o sale de la mochila sobre la hora) y se acercan a quien es durante esos días su dios y su demonio al mismo tiempo.

En torno al pequeño portón amarillo que hace las veces de arco de largada y llegada, y de checkpoint de cada una de las cinco vueltas, todos miran fijo a Lazarus: Él se demora en conversaciones triviales, juega con la ansiedad de todos, estira el momento para que los músculos de los competidores se tensen aún un poco más, para que los latidos sigan acelerándose, para que lleguen a odiarlo unos segundos antes de que esa energía se dirija a la concreción del objetivo.

No hay cuenta regresiva ni disparo de largada: en cuanto Lazarus Lake encienda su cigarrillo, estará en marcha el reloj oficial de la prueba.

Barkley no es sólo una carrera, es algo que late y vive. “Es una bacteria, un microorganismo”, asegura Nick.

Queda, al menos, un par de detalles pintorescos para agregar sobre Barkley: el circuito no está marcado, no hay una sola cinta a lo largo de los alrededor de treinta y dos kilómetros que tiene cada vuelta. No hay tampoco ningún punto donde se controle el paso de los corredores, no hay chips y ni siquiera se permite el uso de GPS.

A pesar de eso, es imposible acortar camino gracias a un método rústico y algo extravagante: Laz distribuye trece libros por el recorrido que todos deben seguir y luego le asigna, en cada vuelta, un número a cada corredor. Para demostrar que pasaron por los puntos exigidos, al finalizar cada vuelta los corredores deben mostrarle a Laz trece páginas, una por cada libro (arrancan el número de página que les fue asignado en cada vuelta).

En el documental Barkley 100 se observa cuando, en la edición 2014, un exhausto pero feliz Jared Campbell, completaba el recorrido después de cincuenta y siete horas y cincuenta y tres minutos. Lazarus lo recibió diciéndole “buen trabajo… si trajiste las trece hojas”. Pero como en el fondo es bueno, simplemente las miró y dijo “conté trece”.

Un elegido

Nickademus Hollon, ya lo dijimos, pertenece al escaso y por eso selectísimo grupo de corredores que pudieron ganarle a la serie de trampas propuestas por Lazarus Lake y completar Barkley. Lo que no dijimos es que lo hizo recién en su tercer intento. A su primera experiencia carrera llegó luego de haber recibido la confirmación sólo dos semanas antes.

No tenía más entrenamiento específico que esas dos semanas, en las que se abocó a realizar cursos de orientación y a comprarse todos los mapas que encontrara del parque estatal Frozen Head. Lo que sí tenía, a pesar de su larga y exitosa experiencia en el trail, era mucho miedo.

Ese miedo se notaba tanto, que en esa edición fue designado por Laz como el “sacrificio humano”. Cada año, el organizador observa detenidamente a los participantes y le otorga este rótulo al que vea con menos posibilidades no de finalizar la carrera sino de al menos conseguir dar una vuelta. Nick se convirtió en el primer “sacrificio humano” en completar tres vueltas.

Para su segundo intento, Nick llegó con la moral por las nubes y la certeza de que no tenía que cuidarse de Barkley, sino Barkley de él. A duras penas consiguió dar una vuelta más que el año anterior, y de repente esta carrera se convirtió en una obsesión, en una carga. No podría volver a ser él mismo hasta que no la venciera.

Así llegó a su tercer intento, ya con la experiencia de haber ido con miedo y con un exceso de confianza. Supo algo que le permitió terminar la competencia y que comparte con aquellos a los que ya les está picando el bichito de ir a probar suerte:

 

Qué es Barkley

“Barkley es básicamente tres cosas: Es el físico, porque hay cerca de veinte mil metros de desnivel y aproximadamente cien millas de carrera. Lo segundo es tu capacidad de orientación, de leer un mapa, usar una brújula y conocer, por ejemplo, cosas como ‘después de este árbol doblo a la izquierda, es este río el que tengo que cruzar y después hay una subida chiquita y una cascada’. Tienes que saber ver el terreno. En mi tercer año de hacer la carrera estudié la geología del área, qué tipo específico de plantas hay en los lugares cercanos al río, qué árboles, y también qué variedades había en las partes más altas. Estudié la geología de ahí, el tipo de roca de cada parte, para saber dónde estaba ubicado cuando veía cada cosa. La tercera parte es tu habilidad de combatir la deprivación del sueño, tu habilidad de estar alerta y moverte por casi sesenta horas. Hay alucinaciones, oyes voces y cosas así, que necesitas practicar. No es saludable practicar eso, pero es una de las cosas más difíciles y es necesario hacerlo”.

El año en que Nick terminó la carrera, hubo otro corredor que lo consiguió, Travis Wildeboer. Usualmente, Barkley consiste en dos vueltas en una dirección, las dos siguientes en la dirección opuesta, y la última a elección del corredor. El hecho de que hubiera dos participantes en pie para la última vuelta le permitió a Lazarus Lake dar una muestra más de su malicia, ya que envió a cada uno en un sentido opuesto, sin darles la chance de elegir. Así y todo, los dos pudieron con el desafío.

Como última humorada, Laz compró un botón rojo que al presionarlo emite la frase “that was easy (eso fue fácil)”. Se lo ofreció a Nick al verlo finalizar la quinta vuelta del monstruo que creó. El corredor sonrió, alejó su mano del botón, miró a Laz a los ojos y le dijo: “No, no fue nada fácil”.

Barkley, en definitiva, no es ni será una “carrera shopping” ni un evento donde ir a hacer turismo, conseguir una remera y una medalla lindas que lucir en entrenamientos o ante visitas en casa. Nadie te va a mimar. Vas a sufrir y a vivir una experiencia completamente diferente. Vas a volver, seguramente, distinto.

 

* Nota publicada originalmente en la edición impresa de Runner’s world Argentina, por el mismo autor

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