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Todos son mejores que yo: sensaciones del debut en el Ironman 70.3 Buenos Aires

Foto:El debut en el Ironman 70.3 Buenos Aires 2018

Quienes estamos acostumbrados a los grandes maratones caminamos con suficiencia -pero siempre con ansiedad- por las expos, sabemos paso por paso todo lo que debemos hacer aunque, claro, cada gran carrera tiene sus peculiaridades. Sin embargo, toda esa experiencia se esfuma, esa seguridad se transforma en dudas y la ansiedad toma forma de bola de nervios cuando el asunto es otro, cuando entran otras modalidades, cuando hablamos de triatlón. Y en nuestro debut con el equipo de atletas.info en el Ironman 70.3 Buenos Aires, que se llevó a cabo el pasado domingo, nos entró el pensamiento que muchos tienen en estas ocasiones: “todos son mejores que yo”. 

Desde el vamos, en la expo Ironman que la organizadora EventLive dispuso en los docks del Puerto, en Tigre, la mayoría de los participantes que deambulaban por allí parecían tener claro todo lo que debían hacer. Buena parte de ellos, trasladaban sus cases de bicicleta con prestancia, luciendo físicos que parecían haber sido diseñados para el triatlón de larga distancia. Los que no, un poco más amorfos, parecían tener la experiencia suficiente como para no dejarse vencer por el desafío. Lucían remeras de otros Ironmans hechos en Suecia, Holanda u otros puntos del globo. 

El debut en el Ironman 70.3, cosa de extraterrestres

Lejos de ser un caos, las filas para pagar tasas, comprar productos o retirar el kit estaban perfectamente señalizadas, lo que ayuda bastante a los debutantes como nosotros. En el caso del 70.3 Buenos Aires, y según la organización, fueron más de 700 los que hacían su estreno en un medio Ironman. No es poco. Sabiendo eso, uno se siente más contenido, como parte de un grupo de extraterrestres que quieren adaptarse a un planeta que les es ajeno, pero en el cual quieren caminar como uno más. 

El próximo palo, tal vez el más demoledor, llegó el sábado por la tarde, bajo un sol que rajaba el asfalto de Puerto Canoas, a la hora de hacer el bike check-in. Uno llega hasta su lugar, bien marcado con su número, y deja su bici. Al lado, naves interplanetarias, motonetas. No, esas no son bicicletas. De diferentes marcas, las máquinas aerodinámicas lo miraban a uno como diciendo “tu bici es de ruta, no de triatlón”. Gorilas en nuestra cabeza, ya que el resto de los competidores, los dueños de las naves, lejos de tratar a los debutantes con desdén siempre se muestran solidarios e intentan tranquilizar a quienes se lanzan por primera vez al desafío. 

Ese es el ambiente Ironman. Al menos, lo que sentimos en Nordelta. Sí, son muchos los que están más preparados. Inclusive, los debutantes que vienen con un aprendizaje extendido. Todos tienen objetivos: ganar la carrera entre los participantes de elite, Mario de Elías y Romi Palacio entre los argentinos, y los favoritos norteamericanos y brasileños que terminaron copando el podio; otros, buscaban su lugar en el Campeonato Mundial de 70.3 de 2019, en Niza, Francia; en medio, los que quieren mejorar sus tiempos y, por último, nosotros, los debutantes, llenos de dudas y expectativas. 

Listas mentales, repasos de transición y palmadas nerviosas

El día de la carrera comienza muy temprano, 3.30 en nuestro caso. Poco sueño, muchas revisiones mentales. “La bici debe estar bien, ¿puse todo en mis bolsas de transición?”, check list de lo que tenemos que llevar esa mañaña, agua fresca, nutrición. Del estacionamiento a la combi de la organización, de la combi de nuevo al parque cerrado. Todo está bien, todo bajo control. Las naves durmieron bien, y parece que convivieron en paz con las motonetas y las bicis, como la mía. Algunos se apuran porque sí, un neumático estalló. Otros dejaron las gomas desinfladas, para evitar problemas. Faltan cosas, falta tiempo. Muchas palmadas en la espalda, consejos y charlas casuales, nerviosas. 

El día, inmejorable. Un domingo que empezó fresco, casi 20 grados a la hora de la natación, y un sol que amenazaba con complicar a los amateurs a la hora del pedestrismo. Pero nuestro objetivo, primero, era no desentonar en la natación y el ciclismo. Nuestra misión fue ir “paso a paso”.

¡Pingüinos al agua! 

El parque cerrado, cerró. La hora de nadar llegó. Como pingüinos, mirábamos a los atletas de elite saltar al agua y dar brazadas de campeones. Aplausos. Con el método rolling start, salidas de a cinco atletas, divididos por tiempo, decidí largar entre los últimos. Prefería arrancar de atrás e ir sobrepasando, si fuese posible. Y así se dio. La temperatura del agua estaba perfecta y nuestros parciales se vieron por debajo de los esperado. Saltito feliz hacia la superficie, un voluntario nos saca el traje de neoprene y tras una transición no muy veloz y sí ordenada, a la bici. 

Dos vueltas de 45 kilómetros donde las naves pasaban haciendo aquel ruidito característico “ssshhhhrrrrr”, todos concentrados, charlando entre sí eventualmente, evitando el drafting que nos llevaría a una sanción. Algunas otras bicis ruteras, muy pocas. Mantener un ritmo era la premisa, evitar forzar era la misión para no llegar sin energías al pedestrismo. 

En el camino, GPS’s tirados en el suelo, atletas caídos y problemas mecánicos. Con cámara pero sin inflador, rezábamos para que nada sucediese con nuestros neumáticos. Nada pasó. Bien abastecida la ruta, señalizada de la mejor forma y bien medida, otro segmento sin mayores inconvenientes. Llegaba el momento de correr, lo que mejor sé hacer. Experiencia de sobra, una maratón, la de Chicago, poco menos de un mes atrás con tiempo récord. 

Federico Cornali, editor de atletas.info, en el Ironman 70.3 Buenos Aires 2018
Federico Cornali, editor de atletas.info, en el Ironman 70.3 Buenos Aires 2018

Es otra cosa…

Pero poco después de completar la transición tras los 90 kilómetros de bicicleta, recordé la frase de un amigo. “El running del Ironman es otra cosa, no tiene nada que ver con lo que hacés en las carreras de asfalto”, me dijo. Y así fue. Primer kilómetro a un tiempo digno y luego sólo parciales ladera abajo. La falta de experiencia se mezcló con la agitación del evento y a los 4 kilómetros hubo que aceptar que se trataría de “aguantar” a velocidad crucero hasta el final. 

Las calles parecían desérticas, kilométricas, bajo el sol del mediodía y los casi 30 grados que parecían 50. Hielo en la cabeza, gaseosa fría en el pecho al mejor estilo Patrick Lange (pero sin todo lo bueno del campeón alemán), palabras de aliento y así hasta los últimos tres kilómetros, cuando nuestra cabeza por fin captó el mensaje. “Listo, llegaste, ahora disfrutá, olvidate del calor y de todo lo que hiciste antes”. En los últimos 100 metros, abrazos con la familia, emoción y un pique furioso (bué, por lo menos así lo sentimos en ese momento) hasta la línea final, escuchando nuestro nombre por los altoparlantes y, sobre todo, el aliento del público que estaba en la platea de la llegada. 

A partir de allí, la gloria. Una carpa llena de refrescos, alimentos. Cada dos minutos, constatar que la esperadada medalla balanceaba en nuestro pecho. No éramos menos que nadie. Nadie parece creerse mejor que nadie y los que completaron su primer 70.3 abrazan a los que piensan haber clasificado para el Mundial de Niza. Toalla en la cabeza, más líquido, fotos con todo el mundo y masajes, necesarios masajes. Mientras nuestros músculos duelen, repasamos lo que vivimos en uno de los fines de semana más agitados de nuestras vidas. Agradecemos.

Poco después, en el check-out de las bicis, mientras cargamos las bolsas de transición y nuestras zapatillas se pegan a la brea del asfalto ardiente, el pensamiento más temido. “Quiero hacer otro”, dice una voz interior. “¡Callate!”, responden nuestras piernas. “Bariloche en marzo de 2019“, vuelve a la carga la voz. Las piernas ya no rebaten. Parecen haber entrado en un acuerdo, una tregua. Nos vamos en silencio, pensando en volver. 

 

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*Experiencia vivida por Federico Cornali, editor de atletas.info, quien debutó en el Ironman 70.3 Buenos Aires por cortesía de EventLive, organizadora del evento.  

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